¿Qué es la meditación?

La meditación es una práctica que expande la consciencia y nos permite vivir con mayor libertad, armonía y paz. Tiene su origen en tradiciones filosóficas y espirituales milenarias, aunque la práctica actual más extendida ya está separada de ellas y es totalmente laica. Más allá de la experiencia subjetiva, la ciencia ha demostrado que la práctica regular de la meditación produce cambios físicos y funcionales en el cerebro, ayudando a regular el estrés, las emociones y la atención.

Meditar es volver a nuestra esencia; es parar y estar con uno mismo. La meditación nos devuelve al presente. Nos permite vivir más conscientemente, ser menos reactivos y deshacer los automatismos internos. La meditación es una observación consciente sin juicio; es un acto de apertura total y de aceptación radical de las sensaciones, pensamientos, emociones y percepciones que experimentamos en el presente, instante tras instante. Al meditar no buscamos nada, ni queremos llegar a ningún sitio, si no que nos encontramos con lo que hay.

Meditar es una actividad, una práctica que se entrena, y, sobre todo, es una actitud, un estado interno desde el que relacionarnos con la experiencia, con nosotros mismos y con los demás. Meditar es una forma de vivir y habitar el mundo. De hecho, ahí reside su verdadero poder, en trasladar a la acción y a las relaciones lo que ocurre durante la intimidad y la quietud de la práctica formal.

Al meditar te das cuenta de que no eres tus pensamientos, ni tampoco tus emociones, sino la consciencia donde todo eso aparece. 

Meditar es despertar del sueño de la mente y ver las cosas como realmente son; es recuperar nuestra verdadera identidad más allá del ego y la personalidad, más allá de nuestra historia, de nuestras creencias, de nuestro nombre, fecha y lugar de nacimiento.

La mente produce pensamientos de forma automática, su funcionamiento es similar al de los sentidos. Un ojo no puede dejar de ver, no para de producir imágenes, aunque tú puedes elegir mirar a un sitio u otro; el oído no puede dejar de oír, aunque tú puedes llevar tu atención a un sonido determinado y escucharlo voluntariamente. Lo mismo ocurre con la mente: crea pensamientos de forma automática y nosotros podemos elegir a cuáles prestar atención o no, incluso podemos crear pensamientos voluntariamente. 

Meditar no es dejar la mente en blanco ni tampoco estar tranquilo. 

No podemos detener o modificar el funcionamiento natural de la mente, lo que sí que podemos hacer es relacionarnos de forma distinta con ella. Cuanto menos caso hagamos a los pensamientos, cuanto menos intervengamos en ellos, menos tiempo durarán y menor será su frecuencia e intensidad. La atención es energía mental y allá donde la ponemos aumenta en fuerza y poder. La meditación nos ayuda a entrenar la atención para poderla manejar más libre y voluntariamente, poniendo el foco en lo que realmente importa y es real.

Meditar es un acto de higiene mental que todos deberíamos practicar cada mañana,  igual que nos duchamos o lavamos los dientes, dentro de nuestras rutinas o hábitos de higiene física y autocuidado. Con esa misma naturalidad que cuidamos y limpiamos nuestro cuerpo cada día, la propuesta de la meditación es cuidar y limpiar la mente cada mañana, para que su contenido vaya siendo más real y constructivo y recuperar así la paz, la creatividad, el amor y la vitalidad del ser que somos.

Algunas indicaciones sobre la postura

La postura en la meditación es importante aunque tampoco tiene que obsesionarnos ni ser algo muy rígido. Se puede meditar en silla, en zafu o esterilla, lo que a cada persona le resulte más cómodo para mantener la postura lo más estable posible. Mi recomendación es meditar sentado y con los ojos cerrados, ya que tumbados puede llevarnos al sueño y mantener los ojos abiertos suele distraer bastante.

La quietud en el cuerpo nos ayuda a conectar con la quietud interior, por lo que, idealmente, mantenemos la postura fija durante toda la práctica, resistiendo picores o dolores que puedan aparecer, simplemente llevando la atención al punto que marque la meditación en ese momento. Verás cómo terminan desapareciendo.

Pautas básicas:

  • Espalda recta y hombros relajados. Sin rigidez ni laxitud.
  • Cabeza alineada con la espalda y los hombros.
  • Brazos relajados sin cruzar, apoyando manos en muslos o entrepierna.
  • Pies apoyados en el suelo y piernas sin cruzar.
  • Ojos cerrados o ligeramente abiertos mirando a un punto fijo.

Lo importante de la postura es que refleje nuestra intención de parar y estar. 

Idealmente buscamos un entorno tranquilo y privado, sin ruidos ni distracciones, aunque tampoco hay que pretender meditar en un absoluto silencio. De hecho, lidiar con interrupciones y ruidos es un reflejo de lo que ocurre en la vida real, en la que las condiciones muchas veces no son las idóneas pero tenemos que seguir adelante.

La meditación nos acerca a la vida, así que no intentes alejarte de ella aislándote en entornos súper controlados, pensando que la profundidad de tu práctica depende de eso. Póntelo fácil, pero sé flexible y aprende de todo lo que ocurra.

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